martes, 30 de agosto de 2011

El aire y el viento (parte I)

El aire y el viento

  “En la bicicleta, menos el viento que siempre te da de cara, el resto te da siempre por el …….”
Pedro Delgado
Campeón, ciclista, comentando una etapa del Tour

Efectivamente, la máxima, de la que creo todos comprendéis el sentido de los puntos suspensivos de Perico comentando en televisión ciclismo tiene su fundamento científico y algunas veces nos olvidamos que, exceptuando los escasos milímetros cuadrados que nos unen al suelo, el resto, ese conjunto que formamos ciclista y bicicleta estamos rodeados de aire, que precisamente no suele estar quieto y que tiene una influencia brutal en nuestro movimiento.
¡Ojos que no ven, corazón que no siente!
¡Pero si que se siente, si que se siente y sobre todo el corazón!
Comenzamos, así que sabemos que el viento es el aire en movimiento y que el aire es un gas formado principalmente por nitrógeno, oxigeno y dióxido de carbono, este gas esta contenido en la atmósfera, que es la capa gaseosa que envuelve la tierra.
Al ser transparente e invisible solemos olvidarnos de su existencia, nos olvidamos de que ejerce su presión sobre todo nuestro cuerpo y soportamos todo su peso sobre nuestra cabeza. A una altura de media de 112 m sobre el nivel del mar esta presión es del orden de 100 kPa (kilopascales), que equivale a un 1 kg/cm2 ó 1 bar, que os debe de sonar por los numeritos que tiene vuestra bomba y las referencias que debéis tener cuando hincháis la rueda según las indicaciones que vienen en las cubiertas y las condiciones del piso sobre el que os vais a mover.
Ya advertí esto en la primera entrada, ¡se siente!, un poquito de física, de culturilla general no os va a matar, que se note que la inversión de vuestros padres y del Estado en educación es productiva. El que no se sienta con fuerzas, que cierre la página.

¿Alguno sigue ahí?

Vale, pues entonces continuamos.

Que este gas que nos envuelve, pesa, ya lo tenemos claro, pero además es que cuando nos intentamos mover, se opone a nuestro movimiento, ofreciéndonos una resistencia. Es mas fácil de entender pensando en otro fluido como el agua, si estamos de pie, con el agua sobre la cintura e intentamos caminar, notamos como hemos de penetrar e ella desplazándola hacia los laterales. Una vez que hemos ocupado “su” espacio, esta ocupa el que previamente nosotros ocupábamos.
Es exactamente lo que sucede con el aire, con la diferencia de que su densidad es muy inferior a la del agua, con lo que su resistencia también es menor. Densidad del aire igual a 0,0012 g/cm3 y la del agua de 1 g/cm3 valores medios.


Otro tema importante es la velocidad con la que se mueva este aire y la dirección que tenga. Efectivamente, lo que a nosotros nos importa es la magnitud relativa, si nos desplazamos a una velocidad de 30 km/h y llevamos un viento contrarío de 15 km/h, la resistencia que ofrece el aire es la misma que tendríamos si nos desplazamos a 45 km/h, o la misma que tendríamos en un túnel de viento con una corriente de 45 km/h, o la misma si fuésemos a 60 km/h con un viento a favor de 15 km/h.
¿Me seguís?

Y esa es la explicación de la máxima de Perico, dado que no es habitual salir con condiciones de vientos fuertes, de más de 20 km/h son bastante molestos y que nuestra velocidad en bici suele ser superior a esta cifra, aunque nos sople de cola la componente real siempre será contraría y la sensación es “que nos da de cara”

¿Hacía donde sopla el viento?

Que el viento sopla es fácil de percibir, pero su dirección, eso es otra cuestión. Es habitual ver a los golfistas, arrancando briznas de hierba y dejándolas caer viendo hacía donde se desplazan, otras opciones, desde luego para hacerlas más en privado, es la del socorrido escupitajo, que si le damos demasiado impulso podemos falsear el experimento. Pero nosotros, no, nosotros vamos en bici y lo de pararse a arrancar hojitas, como que no. No nos queda más remedio que abrir los ojos y las orejas.
¡”Vamos pa´ya”!
Todo es muy fácil si nos encontramos una bandera, que con toda certeza nos da idea de la dirección y según su ondear hasta de la fuerza del viento. Pero si no la hay, hemos de empezar a afinar nuestra observación. Lo primero que se mueve son las hoja y podemos apreciar brillos distintos del haz (parte superior) y el envés (parte inferior), después se mueven las ramas de los árboles, hemos de levantar la cabeza en muchos casos, para ver como este aire se manifiesta primero en la copa de los más altos, también en hojas secas, bolsas y elementos ligeros que están en el suelo. Unos trapos tendidos, un cartel son otras pistas para el movimiento. Para el movimiento, pero no para la dirección; las ramas tienen una mayor deformabilidad en ciertos sentidos, los trapos sujetos por dos puntos igualmente tienden a moverse en perpendicular a la línea que los sujeta y los objetos, que se arrastran por el suelo están sometidos a perturbaciones, remolinos,  que en algún caso nos pueden equivocar.
Si el aire nos da muy de cara, es muy clara la sensación de lo que nos dificulta el avance, pero si es de cola, tendemos a pensar; “hoy voy como un tiro”.
Así que solo nos queda el remedio de poner en juego, nuestra veleta, nuestro radar natural.
¡ tata ta chan !
Desplieguen sus orejas. Si, si, hay que escuchar a nuestras orejas. Ellas nos avisan, cuando nos desplazamos, el viento se nos mete dentro y llevamos un zumbidito que tenemos que saber interpretar.  Si vemos por las ramas, etc. que hay viento y desaparece el zumbido, no vas fino, llevas el aire de popa (atrás). Si giras la cabeza y te empieza el ruido, por ahí viene el viento. Si al girar dejas de oírlo en una oreja, es que tu cabeza te está haciendo parapeto. Un pequeño ejercicio de reflexión y ya tenéis el radar preparado.
Dejar claro que este criterio sirve para la dirección relativa, no la absoluta, pero que resulta que es la que a nosotros nos interesa.

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